La Carta Mundial de la Naturaleza y La Carta de la Tierra. Los principios de Occidente en juego Por Javier Borrego Gutiérrez Instituto CEU de Humanidades Ángel Ayala La Carta Mundial de la Naturaleza y La Carta de la Tierra. Los principios de Occidente en juego 1. Carta de la Tierra: nuevos principios Principios buenos, principios malos 2. El miedo como catalizador del cambio Tiempos modernos Guerra Fría: dimensión militar del miedo Años setenta: dimensión ecológica del miedo 3. Reacción Privada: El Club de Roma Reacción Pública: la ONU “Nuestro futuro común” De arriba abajo; de abajo a arriba Maurice Strong y su trabajo en Naciones Unidas 4. El nacimiento de la carta: el triunfo de una postura. Carta de la Tierra: ¿un proceso? 5. Conclusión Referencias. Bibliografía citada Páginas Web Consultadas: En 1982 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Carta Mundial de la Naturaleza, que era un documento que pretendía preservar la Naturaleza frente a las cada vez más preocupantes e indiscriminadas agresiones de la industria humana. Surge en un momento en el que los Estados se percatan de que es necesario poner límites legales a las actividades contaminantes de la Industria y la Asamblea de las Naciones Unidasrecoge la necesidad de que todos hagan lo mismo, puesto que se plantea la idea de que la contaminación no es sólo un asunto local. La Carta Mundial de la Naturaleza fue fruto de estos años de preocupación por el medio ambiente de los representantes de las Naciones Unidas. Se diseñó siguiendo los principios que hicieron posible la creación de este organismo supranacional. Durante su discusión no hubo especiales desencuentros, porque todos los occidentales entendemos que la Naturaleza tiene valor por sí misma con independencia de lo que pensemos sobre ella. La razón por la que la Naturaleza tiene un valor determinado para los occidentales es porque compartimos unos principios que nos permiten valorar de esta manera y no de otra. 1. Carta de la Tierra: nuevos principiosCon la Carta Mundial de la Naturaleza ya teníamos mandatos de la ONU para el cuidado de ésta, pero, en menos de diez años, sin mediar causa aparente, se plantea la redacción de otra Carta con –en teoría– un cometido idéntico a la Carta Mundial de la Naturaleza. ¿Qué ocurrió? ¿Por qué razón se pone en marcha un nuevo proyecto sin agotar el antiguo? Pretendo mostrar en el artículo que la Carta de la Tierra esconde un objetivo diferente al cuidado de la Naturaleza. Lo que pretende es cambiar nuestros principios compartidos, los que formaron Occidente, por otros de nuevo cuño: “Necesitamos urgentemente una visión compartida sobre los valores básicos que brinden un fundamento ético para la comunidad mundial emergente”. Decir “valores básicos”, es lo mismo que decir “principios”, porque principio es, precisamente, "base, origen, razón fundamental sobre la cual se procede discurriendo en cualquier materia". Cambiando los principios cambiaremos la “visión” y con ella un nuevo fundamento de lamoral, que es lo que se pretende. En adelante llamaré “principios” a los elementos que están en la base de nuestra percepción inteligente y son previos a todo percibir y -por lo tanto- a todo pensar; aquellos elementos que están antes que nuestros propios pensamientos, que los conforman y que, por tanto, no son racionales aunque sí pueden ser objeto de estudio racional. Así definidos, los principios forman parte de aquello íntimo de cada uno de nosotros pero compartido por todos los coetáneos que formamos la civilización. Íntimos en el sentido de que están en nosotros desde que tenemos conciencia y ayudan a formar nuestra conciencia, condicionando nuestros juicios y hasta nuestras percepciones. Compartidos en el sentido de que todos nuestros semejantes los tienen porque han sido transmitidos por la educación y la socialización. Gracias a ellos podemos hablar y convivir con las personas que pertenecen a nuestra cultura y nos cuesta hacerlo con personas que vienen de otras culturas, aunque de hecho por ser todos humanos compartimos mucho más de lo que nos separa. Claro que estos elementos previos a los que llamamos principios no son determinantes ni se imponen sobre el pensamiento. Condicionan, y proponen, pero no se imponen. De lo contrario nunca podrían cambiar y no habría posibilidad de comunicación con los otros ni de cambio. Los principios dejan abierta la puerta al intercambio, pero como todo lo íntimo a un intercambio cuidado, ordenado y que garantice la no intromisión en la esfera íntima. Pues bien, gracias a que tenemos unos principios compartidos estamos todos de acuerdo en que podemos valorar la Naturaleza y disfrutar de ella a la vez que la cuidamos. Gracias a que somos unos seres civilizados y que nuestra civilización se viene desarrollando, con mayor o menor éxito, desde hace unos diez mil años, podemos afirmar lo que afirmaba la Carta Mundial de la Naturaleza, a saber, que hay que seguir cuidando la Naturaleza y conservándola, pero también es legítimo que sigamos creciendo y mejorando nuestra manera de vivir, haciendo extensible esta manera peculiarmente buena de vivir a un mayor número de personas, etc. Ahora bien, el hecho de que compartamos unos principios no quiere decir que estemos de acuerdo en todo, podemos interpretar la realidad de distintas maneras, ver la botella medio llena o medio vacía, pero nunca negaremos la existencia de la botella. Gracias a estos principios compartidos pueden darse los discursos de la ética e, incluso, posturas éticas enfrentadas con principios compartidos. Por ejemplo, en el contexto de la ecología, donde lo que se da, en muchos casos, es un debate ético, es donde aparecen dilemas aparentes al tener que elegir entre dos opciones que valoramos igualmente: por un lado, una energía barata y contaminante o -por otro- una energía limpia pero cara. Lo que en realidad querríamos es una energía barata y limpia, es decir, salvaguardar la Naturaleza y a la vez economizar, pero esto –por ahora- no es posible: tenemos que optar por lo que valoremos más o por un justo medio, la decisión es ética y en ella se introducen todas las posibles implicaciones de nuestra conducta para el medio ambiente. Podríamos pensar que es una cuestión de principios, pero no lo es, es un conflicto de valores, algo que la ética, como ciencia, tiene que dilucidar. Los que optarían por una u otra acción lo harían movidos por distintas valoraciones de un mismo hecho pero al ser miembros de una misma sociedad podría haber discusión y consenso, porque ambos aceptarían que la opción contraria tiene valor, puesto que se supone que es fruto de una reflexión. Como hemos dicho, sólo puede haber verdadero diálogo cuando se comparten unos principios sobre lo que se está debatiendo, cuando se reconoce valor a los dos extremos del dilema. En el ejemplo anterior sería imposible llegar a un acuerdo entre cualquiera de nosotros y un sujeto al que la Naturaleza no le importe en absoluto. Si esto pudiese ocurrir realmente, cosa que es difícil, no habría posibilidad de ningún diálogo entre los sujetos. Y lo mismo ocurriría con personas que eleven la Naturaleza a un nivel más alto que lo humano, cosa que hacen algunas tribus panteístas en extinción y algunos seguidores de la New Age. Claro que cuando tenemos intereses comunes tendríamos que renunciar a nuestros principios o hacer que los otros lo hagan. Recuérdese que los principios no son constructos racionales que puedan cambiar a gusto de la persona, como quien cambia de chaqueta, sino que son elementos que han venido por la educación y que sólo cambian de dos maneras: tras años de entrenamiento, o reeducación, o de golpe, ante el sufrimiento o ante una gran crisis.Es por esto, como veremos más adelante, por lo que los que quieren modificar los valores compartidos tienden a subrayar la crisis y el conflicto interno de la sociedad y a la vez quieren influir en la educación. En todo caso es posible cambiar de principios pero es a la vez peligroso, puesto que nuestros principios nos han permitido llevar a la práctica inventos tales como los derechos humanos o el respeto a la dignidad humana, y el “cambio” en los principios pone en riesgo estos logros de la civilización. Principios buenos, principios malosÚltimamente, y cada vez con más ahínco, se plantea la relatividad de las culturas como si fuese una verdadera verdad de fe. El multiculturalismo tiende a borrar las diferencias entre pueblos avanzados y pueblos retrasados dejando claro que todos son igualmente buenos, y no es así. Es falaz afirmar que todas las culturas son igualmente válidas desde el punto de vista ético. Precisamente porque hay principios buenos y principios malos, los primeros tienden al crecimiento y a la mejora de las sociedades y llevan en última instancia a la unidad, los segundos tienden a la destrucción propia o de los vecinos. Mejores son los que llevan a las sociedades a dar lo mejor y los que producen mejores personas. Peores son los que llevan a la degeneración y la caída generalizada. Así, no son todos los principios igual de respetables, como si no tuviésemos el derecho y el deber de juzgarlos sólo por ser parte integrante y, de algún modo, íntima de los pueblos. Por poner un ejemplo claro: los principios que llevan al canibalismo no pueden ser mejores, bajo ninguna óptica que los que llevanla Nueva cocina. El canibalismo nos repugna, no entra dentro de la discusión, la Nueva cocina, gusta a muy pocos pero podemos comprender las razones por las que se hace. Lo que se suele alegar para explicar la relatividad de las culturas es que en todos nuestros juicios se da cierto etnocentrismo; dicen los relativistas culturales que los conceptos de bien y mal están insertos en los principios de la cultura, por lo que cualquier juicio que hagamos sobre el bien o el mal de otras estará siempre distorsionado. Al tratarse de pura distorsión de la percepción podemos observar los efectos, que son objetivos, para “medir” la bondad o la maldad de los principios. Como el bien depende de la naturaleza de las cosas, lo que va contra la naturaleza de las cosas tiende a destruirlas. Otro problema que sale a nuestro encuentro viene de algo ya propio nuestro: la tendencia a imaginar que lo racional está opuesto a lo sentimental. Los principios no son racionales, en la manera de conocerlos, pero lo son en su estructura. Son asumidos “sentimentalmente” desde niños y racionalizados después, de tal manera que, pensamos que son racionales, y no es así. Están en nosotros no por cuestiones racionales, sino puramente sentimentales (son lógicamente anteriores a la experiencia) y la razón poco puede hacer para atacarlos o defenderlos. Por ello no es tan fácil cambiar de principios y quien quiera hacerlo debe pasar por una reeducación de sus gustos, de sus pensamientos y hasta de sus percepciones. Por esta razón si un grupo de personas deciden, por lo que sea, cambiar los principios a otro grupo mayor comenzarán por la educación propia para proponer cambios en la educación de los niños de los demás, de todos los niños. Una última consideración. En tiempos de crisis se produce una ligera desviación de los principios originales que formaron la sociedad. Esto es lo que se percibe como crisis de valores. La dificultad que sigue aquí es una mezcla de las anteriores: el ciudadano pierde en parte la capacidad de pensar por esta desviación, a la vez que todo parece carecer de sentido. Esta es la razón por la que en los tiempos de crisis es más fácil lograr un cambio de valores, puesto que la gente no es capaz de distinguir se puede reeducar a las masas, de manera transversal, introduciendo los nuevos principios cuidadosamente para que el ciudadano poco a poco convierta esa manera extraña de ver la realidad, por la manera moderna de ver la realidad, a la vez que se educa a los jóvenes, de manera que en un breve periodo de tiempo la sociedad cambie. De estas tres objeciones se extraen tres conclusiones:
La democracia y el respeto a la persona en su dignidad(lo que lleva implícito el respeto a los principios que garantizan esta dignidad) son incompatibles con la pretensión de cambio velada. La existencia de personas dentro de nuestra sociedad que quieren cambiar nuestros principios forma ya parte de la historia de Occidente, comenzó en el siglo XIX y tomó forma con Nietzsche. En el fondo lo que hay es una falta de fe en los principios que levantaron Occidente, algo así como si con el tiempo nos hubiésemos alejado de la verdad que nos conformó. Esta falta de fe en lo que hacemos tiene que llevar a una crisis de sentido, por ello, ahondando en la herida, en las “contradicciones del sistema”: “estamos en un momento crítico en la historia de la humanidad…” 2. El miedo como catalizador del cambioTiempos modernosSi estamos en un momento crítico, el futuro sólo puede depararnos la felicidad completa o la tragedia. Está claro que si pensamos que vamos a destruirnos es momento de cambiar drásticamente, con el inevitable dolor y sacrificio que suponen siempre los cambios drásticos. Pero si de verdad estamos en un momento crítico este sacrificio no será opcional, no será libre, puesto que unos pocos han descubierto que si seguimos así nos destruiremos, por ello no será opcional porque las opciones son dos: o cambiar o morir (y morir es una opción siempre negativa). En los momentos de crisis desaparece la libertad individual y la propia conciencia, en los momentos de crisis unos pocos lideran al resto hacia la salvación, por ello los apóstoles de los grandes cambios tienen un tinte mesiánico, religioso en todo caso. La religiosidad de los falsos mesías surgió a partir del anuncio de Nietzsche de la muerte de dios (1887). Después del siglo del positivismo y tras la negación en la práctica de la trascendencia aparecen algunos pensadores, diseminados por Europa que dudan sobre la importancia y bondad de la civilización, de su historia y de su futuro. Estas dudas hacen aparecer en el panorama político dos formas extrañas de percibir el mundo: el comunismo y el nazismo. Alumbrados por la misma ideología colectivista tanto unos como otros pretenden cambiar los principios. No en vano Nietzsche, valedor de unos y de otros (aunque siempre se le coloque en el espacio del nazismo), había anunciado la muerte de dios como un hecho y por lo tanto la desaparición de todo lo trascendental, el hombre, por haber vivido tan alejado de Dios se habría quedado solo y sin referentes morales, por lo que debía él mismo inventarse los nuevos principios de la nueva sociedad. Conscientes de esto, de que la Modernidad había llegado a su fin y que la nueva humanidad tenía que inventarse todo, como si Dios no existiese y como si no hubiese una moral universal, desde el socialismo se comienzan a organizar asambleas y congresos en los que se aprueban grandilocuentes manifiestos y normas programáticas que van conformando la nueva jerarquía de valores y abriendo el camino hacia unos nuevos principios rectores de la percepción del bien y del mal. Los socialistas alemanes les imitan y proponen volver a los principios de la tribu, a los tiempos precivilizatorios, a las costumbres de los bárbaros que el cristianismo durante siglos había estado intentando limar del corazón de los europeos. En ambos una nueva forma de producir y una nueva forma de relacionarse con la naturaleza. En ambos el fin de la Edad Moderna y el principio de una Nueva Era. Los dos, por supuesto, anticristianos, pues aspiraban a ser nueva religión. Gracias a Dios ninguno triunfó y Europa pudo reorganizarse reencontrando los principios comunes que plasmó en la Declaración Universal de Derechos Humanos del 48. Guerra Fría: dimensión militar del miedoEntre 1948 y 1989 se da lo que se conoce como “Guerra Fría”, un proceso de enfrentamiento político, militar y económico entre el bloque comunista y los países occidentales, defensores del libre mercado y de la democracia. Se trata de un enfrentamiento tenso que amenaza a todos los ciudadanos con una destrucción nuclear que puede surgir en cualquier momento. Fue casi mítica la existencia de dos maletines con sendos botones que custodiaban los presidentes americano y soviético y llevaban siempre consigo, de tal manera que en cualquier momento podían pulsarlo y el mundo se destruiría. Con esta imagen terrorífica la sociedad tuvo que vivir durante al menos treinta años, pero en esta imagen de la posible destrucción hay dos diferencias con la actual: en primer lugar el ciudadano individual poco podía hacer para salvarse; su salvación o destrucción no estaba en su mano. En segundo lugar la catástrofe no era segura, dependía de la voluntad humana y todos creían saber que a ninguno de los Presidentes le interesaba realmente la destrucción total. Años setenta: dimensión ecológica del miedoEn los años setenta se comienza a perder paulatinamente el miedo a la destrucción del ambiente por parte de un uso indebido de la industria. El bloque soviético parece que ya es incapaz de dar de comer a sus súbditos y poco a poco aparece la idea de un final pacífico del intento alternativo a la economía de mercado y de la democracia. La humanidad parecía que iba a pasar por una etapa sin coacciones, puesto que la amenaza de destrucción completa intencionada se había esfumado. Pero en muy poco tiempo apareció una nueva amenaza que tenía que ver con posibles accidentes y vertidos producidos por la “normal” actividad de la industria. Casos como el de la Bahía de Minamata, en Japón, Love Canal, en Estados Unidos, Chernóbil (1986) en la URSS, etc. Ponen de manifiesto la realidad de un riesgo ambiental y hacen imaginar un peligro detrás de cada industria, de cada fábrica. Por otro lado la derrota de Estados Unidos en la guerra de Vietnam había masacrado a buena parte de la juventud americana. Además la opinión pública mundial pudo conocer cómo se habían usado contra las personas componentes químicos abrasivos (napalm) y animales infectados con terribles enfermedades, se vertieron al suelo desde aviones toneladas de herbicidas, etc. La suma de estos sucesos y otros más hacen que en los años sesenta vuelva Occidente a entrar en crisis. Vuelva a hacerse la pregunta por su propio valor, por la conveniencia de su propia continuidad y ‑en definitiva- su sentido. Junto a la falta de fe en la bondad de Occidente surge la conciencia de que las actividades humanas (industriales) podían causar destrozos irreparables en el medio ambiente. Además comienzan a saltar las alarmas sobre una posible escasez futura de carbón y de petróleo. Todo esto va a crear una opinión pública descontenta con el estado de cosas que Occidente propone, y esta visión pesimista será alentada por los países del otro lado del telón de acero. El resultado es un estado de incertidumbre pleno, agravado por el asunto de Vietnam, que lleva a la juventud a huir de lo que habían recibido de sus padres. Surgen así las corrientes hippie y naturista, la Nueva Era, las simpatías por el comunismo revolucionario de Sudamérica, las manifestaciones estudiantiles, las huidas hacia las drogas, el rock, etc. 3. Reacción Privada: El Club de RomaCon todo este panorama las empresas americanas multinacionales comienzan a pensar en qué hacer ante esta nueva forma de entender el mundo o, dicho de otra manera: cómo cambiar algunas cosas y salvar la civilización, es decir, la civilización que surge de unos principios determinados. Está claro que aunar esfuerzos en alguna dirección sería una buena manera de alejar el fantasma de la propia destrucción, que vagaba por Occidente de manera cada vez más extendida. Por ello las empresas deciden crear foros de discusión en los que se debatan los problemas de las personas. De este modo en 1968 se crea el Club de Roma, que inicialmente estaba compuesto por una treintena de hombres eminentes de distintas nacionalidades convocados para estudiar las consecuencias de la industrialización en el entorno natural. Este grupo fue patrocinado por los hombres más ricos del planeta con el objeto de prevenir posibles desastres e influir para su solución. El Club de Roma sigue teniendo una influencia decisiva en la configuración de las políticas de Occidente. El primer informe del Club de Roma, es el conocido Informe Meadows (1972), que llevaba por título Los límites del crecimiento. El informe va asociado a la carta Mansholt, que fue enviada a muchas personalidades y publicada para el gran público a principios de los 70. En ambos se plantea un panorama catastrófico para el siglo XXI junto con una visión determinista del futuro de la humanidad. El Informe Meadows tiene su antecedente en el modelo World-2, que Forrester había propuesto en su obra Dinámica mundial (1971). Éste modelo trataba de definir y prever el futuro de la humanidad basándose en ecuaciones que relacionaban población, inversión de capital, espacio geográfico, recursos naturales, contaminación y producción de alimentos. Veinte años más tarde, en 1995, de nuevo el equipo de Dennis L. Meadows crea World-3: ahora con más ecuaciones relaciona población, producción agrícola, recursos naturales, producción industrial y contaminación. World-3 “demostraba” “científicamente” que la humanidad caminaba hacia un colapso provocado principalmente por el agotamiento de los recursos naturales, que debería producirse antes de fin de siglo. Para remediarlo proponía siete medidas basadas fundamentalmente en la reducción de la producción industrial, la reorientación de las actividades humanas hacia el sector servicios, la mejora en la producción de alimentos básicos y el fomento de una política de reciclado de los residuos. Aunque las predicciones de estos informes no se cumplieron, las catástrofes no se dieron y 38 años más tarde seguimos dependiendo del petróleo y del carbón, la sola idea de la posible destrucción del planeta debido a la industrialización fue favorable al nuevo movimiento ecologista incipiente. La unión de los descontentos en torno a unas ideas vagas e imprecisas como lo son la conservación, el cuidado de la Naturaleza y los límites de la industrialización hará que en los años posteriores los interesados (es decir, los ideólogos y los capitalistas) intenten capitanear el movimiento ecologista futuro, que pretenderá ser tercera vía o, en su defecto, arrimar una de las dos existentes a su propio terreno. Reacción Pública: la ONULa Organización de Naciones Unidas, desde su creación casi, tiene una doble manera de interpretar el mundo, en este caso, en el de la ecología tenemos un doble movimiento:
Los primero pedirán ajustes, los segundos cambios en los principios. Los primeros reciclar, los segundos desindustrializar, etc. En la ONU conviven las dos visiones del problema, la catastrofista y la clásica; la que quiere acabar con nuestros principios y nuestra forma de vida y la que mantiene la vigencia de Occidente sin escandalizar, optando por un ajuste en nuestro modo de proceder, es decir, apostando por el desarrollo sostenible. “Está en manos de la humanidad hacer que el desarrollo sea sostenible, es decir, asegurar que satisfaga las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias”. Es decir, ningún cambio en los principios y valores de Occidente, sino al contrario, hacer de estos principios una ética universal en su versión más asequible y difundida: los derechos humanos. Lo realmente extraño es que por muy antagónicas que sean ambas concepciones van a convivir y a colaborar en las grandes cumbres y en los aspectos ambientales globales, puesto que tienen en común cosas que van a potenciarse. Así surgen conceptos tan ricos y tan ampliamente aceptados como desarrollo sostenible (impensable en los setenta y deseable en los ochenta), que se plantea directamente desde la ONU en 1987, en el supermediático Informe Brundland, titulado -no por casualidad- Nuestro futuro común. “Nuestro futuro común”Cierto es que en 1987, a poco de la caída del Muro de Berlín y en pleno cambio dentro de la Unión Soviética hablar de “nuestro futuro común” en nombre de la ecología suponía un brindis hacia la unidad del género humano en un supuesto futuro en el que no estemos divididos en bloques. La idea de que tenemos un futuro (negro) común está diseñada para unificar voluntades, la ONU será la encargada de plantear cosas comunes, no sólo ya en las cuestiones militares, o de seguridad global, sino también en cuestiones ambientales. Es más, se justifica la existencia de lo que se empieza a llamar “Estado mundial” como el organismo garante del respeto de los derechos humanos y de la integridad ecológica del planeta. De arriba abajo; de abajo a arribaUnos pocos plantean la necesidad de cambio y, como hemos visto, será difícil hacer que todos nos planteemos racionalmente el cambio de principios a partir de una decisión racional, por ello, ante la supuesta inminencia de un gran colapso esa minoría de “iluminados” deciden actuar ¿cómo? Pues está visto que de arriba abajo, de la ONU a las legislaciones de los países y de ahí a la educación para comenzar a educar, ahora sí, de abajo a arriba. En París, en 1968 se celebró la Conferencia Internacional sobre la Utilización de Recursos, conocida como Conferencia de la Biosfera. Reunió a miembros de 63 países y 90 representantes de organizaciones internacionales. Organizada por Naciones Unidas (UNESCO, FAO, OMS, UICN). En esta conferencia se habló de supervivencia, de recursos limitados y de crecimiento económico emparejado al respeto por el medio. Pero la Conferencia de la Biosfera es importante no sólo por ser la primera de las grandes cumbres ecológicas, sino por generar el programa Man and Biosphere (MAB), iniciado en 1971 que tenía por objeto “precisar las bases necesarias para la utilización racional y conservación de los recursos y para la mejora de las relaciones globales entre hombre y su entorno, prever las repercusiones de las actuales acciones sobre el mundo futuro y preparar al hombre para administrar eficazmente los recursos naturales de la biosfera”, o sea, en la línea de lo normal, lo correcto, respetando nuestros principios e instituciones. Pero fue la última en esta línea. La siguiente gran cita internacional ocurrió en 1972, en Estocolmo, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano. En esta conferencia participaron 1.200 delegados que representaban a 110 países. La Secretaría General de la Conferencia estuvo a cargo de Maurice Strong, uno de los principales promotores del encuentro. La participación de Strong en esta Conferencia tuvo especial importancia, ya que se llegó a aprobar una declaración final de 26 principios y 103 recomendaciones que, como veremos, tenía su huella. Maurice Strong y su trabajo en Naciones UnidasM. Strong es canadiense, ya presidía con treinta y cinco años la mayor holding energético canadiense, la Power Corporation of Canada. Su paso por la ONU, transformó al Strong gestor de éxito de empresas petroleras, en un ideólogo ecologista y un organizador de un Nuevo Orden Mundial. En los siguientes años Strong fue Consejero del Secretario General, Kofi Annan, y Consejero del Presidente del Banco Mundial, Presidente del Consejo de la Tierra, Presidente del Instituto de los Recursos del Mundo, etc. M. Strong y su mujer, Hanne son fervientes creyentes de la doctrina búdica de Babaji personaje que –según afirman- ha aparecido ya tres veces en el mundo (los budistas creen en la reencarnación) que está relacionado de algún modo con Maitreya, el nuevo dios de la Nueva Era. Podríamos pensar que estas creencias son accesorias a la hora de dirigir los organismos de la ONU o la hora de aconsejar a sus empresas, pero resulta que la señora Strong dirige también una Fundación Manitou, que tiene la misma línea argumentativa, ideológica y financiera que las obras que su marido promueve en la ONU y que la señora Strong necesita miles de dólares para su gran proyecto: “La Fundación Manitou ha proporcionado tierras, subvenciones y apoyo financiero en Crestone / Baca, Colorado, a los proyectos religiosos y espirituales, ecológicos y de sostenibilidad ambiental y ha emprendido proyectos relacionados con la educación de jóvenes y adultos desde 1988” Su misión es donar tierra en Crestone/Baca, Colorado, a representantes de las religiones del mundo, místicas y tradicionales, en particular a aquellas que mantienen sus lazos con las antiguas tradiciones de la gente de los pueblos y tribus que tienen una “unión sagrada con la Tierra”, etc. La primera aportación de Strong como Presidente de la Cumbre de la Tierra se deja ver en los Pincipios, donde se propone una nueva cosmovisión: la “visión ecológica del mundo” que proponía ideas que no resultaban adecuadas a una simple conferencia internacional, tales como que "... el hombre es a la vez obra y artífice del medio que lo rodea”, cosa que no es verdad, puesto que el hombre no hace la Naturaleza ni la Naturaleza hace al hombre más que en sentido metafórico. O ideas neomalthusianas, que abogan por una reducción radical de la población humana a base de anticoncepción y aborto, de forma que el número de seres humanos se reduzca a más de la mitad de los actuales, para que los supervivientes puedan vivir con suficientes recursos como para hacer su vida sustentable. La opinión de Strong es que hay que cambiar toda nuestra manera de pensar: “Sólo con un nuevo paradigma para un gobierno cooperativo global podemos tener soluciones globales a nuestros problemas. Ahora debemos reorganizar nuestras prioridades y colocar el bien de la tierra antes que nuestro bienestar individual o el de nuestro país. Esto requerirá la cooperación de la gente de todo el mundo. Cuando la gente cambia, la política cambia. Si de verdad creamos una comunidad global equitativa eso nos elevará” Otra de las consecuencias de Estocolmo fue la creación del PNUMA, Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, que aceptó rápidamente la Carta de la Tierra, pues fue dirigido por Strong. La función principal del PNUMA a las órdenes de éste personaje será presentar un mundo catastrófico en el futuro que exija el gran sacrificio en el presente de ir olvidándonos de nuestros principios y sustituirlos por otros que no lleven a panoramas tan catastróficos. 4. El nacimiento de la carta: el triunfo de una postura.Como hemos dicho, la Carta Mundial de la Naturaleza es de 1982. En ella se dice todo lo que hay que decir en cuestiones medioambientales, se habla en nombre de la Asamblea de las Naciones Unidas, y se reconoce que “la especie humana es parte de la naturaleza” y no “producto” y que “la civilización tiene sus raíces en la naturaleza, que moldeó la cultura humana e influyó en todas las obras”, es decir, es más fiel a la verdad en sus elementos de partida. La Carta Mundial de la Naturaleza afirma cinco principios que son importantísimos a la hora de conservar el medio: (1) Se respetará la naturaleza y no se perturbarán sus procesos esenciales, (2) no se amenazará la viabilidad genética en la tierra, (3) estos principios de conservación se aplicarán a todas las partes de la superficie terrestre, (4) los ecosistemas se administrarán de manera tal de lograr y mantener su productividad óptima y continua y (5) se protegerá a la naturaleza de la destrucción que causan las guerras u otros actos de hostilidad. Estos principios, esta carta, que también venía de la ONU, fue aprobada por su Asamblea General y todos los países la venían aplicando, siendo inspiradora de las nuevas legislaciones nacionales. Pero como venimos diciendo, duró poco aparecieron los promotores de la Carta de la Tierra afirmando abiertamente que con esta “iniciativa” pretenden cambiar los principios. Por esta razón, porque pretende cambiar los principios M. Gorvachov afirmó que la Carta de la Tierra sustituye al decálogo, a los diez mandamientos. Claro que esto es decir mucho, y lo dijo en el acto de presentación, puesto que “La palabra ‘Decálogo’ significa literalmente ‘diez palabras’ (Ex 34, 28 ; Dt 4, 13; 10, 4). Estas ‘diez palabras’ Dios las reveló a su pueblo en la montaña santa. Las escribió ‘con su dedo’ (Ex 31, 18), a diferencia de los otros preceptos escritos por Moisés (cf Dt 31, 9.24). Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente. Son transmitidas en los libros del Exodo (cf Ex 20, 1-17) y del Deuteronomio (cf. Dt 5, 6-22)” A pesar de ser explicitado por Dios el decálogo es también base de la Ley Natural, es decir, como Dios no manda hacer nada que no esté ya en la naturaleza del ser humano, gracias al Decálogo nos conocemos mejor y conocemos la voluntad de Dios. Por ello se puede dar cumplimiento de la Ley de Dios, de los mandamientos, sin haberlos aprendido, porque los mandamientos muestran la unidad entre la naturaleza humana y el obrar bueno. Sería muy largo justificar todas estas afirmaciones, pero nos basta sólo para quedarnos con la idea de que el decálogo no es algo caprichoso o consensuado, sino que es verdad en dos sentidos: en el teológico y en el filosófico. Carta de la Tierra: ¿un proceso?Si la Carta de la Tierra tuviese el mismo valor que los demás documentos de la ONU no habría problema, pero la Carta pretende ser mucho más: sus creadores afirman que es “una Declaración de Principios Fundamentales”, “una expresión de esperanza, ”un nuevo marco”, “un instrumento para estimular el cambio”. Hay quien quiere que la Carta de la Tierra sea un proceso inevitable de la implantación de una nueva forma de pensar. Lo que está claro es que no es un documento más de Naciones Unidas. La primera gran diferencia con los otros documentos de la ONU es que éstos los firman la Asamblea de las Naciones Unidas, mientras que la Carta de la Tierra la presentan “los pueblos de la tierra”. No las naciones, no los ciudadanos, no los Estados, sino los “pueblos”. Un “pueblo” es una unidad racial y cultural premoderna, precivilizatoria. Los pueblos bárbaros, los nómadas, los pueblos precolombinos… son pueblos, porque no tienen entidad moderna estatal, no son civilizaciones ni están compuestos de ciudadanos libres sino que su pertenencia a la tribu, al pueblo, le viene dada por su genética, su raza y cultura. En la práctica sólo hablan en nombre del pueblo aquellos que quieren salirse de los sistemas democráticos, cuando se esgrimen supuestos derechos de los pueblos se quiere imponer una forma de pensar sobre los ciudadanos en general. El pueblo tiene derechos que deben realizarse haciendo sacrificios cada una de las personas que lo integran. Estos derechos suelen estar relacionados con la propiedad de la tierra donde se asientan los supuestos pueblos y la civilización, o sobre las costumbres, lenguaje y cultura precivilizatoria. Además el pueblo, como entidad colectiva tiene voz e intérpretes de los sentimientos de ese pueblo, ninguneando a quienes no piensan como “el pueblo” aunque compartan la ciudadanía. De este modo cuando hablan los pueblos de la tierra lo hacen en nuestro nombre aunque nosotros, supuestos integrantes de dichos pueblos, no digamos una palabra. 5. ConclusiónLa civilización occidental ha traído el milagro de los derechos humanos universales, es decir, para aquellos que pertenecen a Occidente y para aquellos que no. Los ideales de justicia social y de paz son los más importantes progresos, mucho mayores que el progreso científico técnico. Y no es menos cierto que el respeto a la Naturaleza es también uno de estos logros. Si bien es cierto que los occidentales nos hemos olvidado en parte de los principios que nos llevaron hasta donde estamos, no es menos cierto que ya se ven movimientos que reajustan y devuelven nuestra civilización a los ideales que ayudaron a conformarla. El miedo a la destrucción de nuestro planeta, por ejemplo, nos ha recordado que el dinero no lo es todo en la vida y nos hace reflexionar sobre nuestro papel en el mundo. De esta manera el cuidado y la protección de la Naturaleza van siendo normales y forman ya parte de nuestros planes de negocio. La Carta de la Tierra, con su pretensión de proceso imparable hacia un cambio de principios y hacia un abandono de nuestras costumbres, formas de vida y religiones es un absurdo. El mundo no está en crisis. No nos vamos a destruir. La sociedad no va hacia su propia destrucción, como se dice, ni el mundo se va a acabar. Queda planeta para años y si las energías no renovables se acaban habrá energías renovables. Habrá nuevas especies, nuevos materiales, nuevas técnicas y nuevas actitudes ante la Naturaleza, pero no es cierto que vayamos inevitablemente hacia nuestra propia destrucción. Y aunque lo fuésemos, aunque fuésemos inevitablemente hacia nuestra destrucción, poco importaría si no hemos descubierto el sentido de todo esto, si no lo conocemos ni nos preguntamos por él. Si no hay sentido de poco vale toda la ecología. Si lo hay la ecología será un medio para lograrlo. Lo que sí está claro es que estos intentos tienen que hacernos valorar nuestros principios, que son importantes porque por con ellos hemos logrado legislaciones universales que reconocen que todos somos iguales ante la ley; hemos logrado unos niveles de progreso altísimos para muy buena parte de la población y vamos camino de hacer extensible la civilización y los beneficios de la globalización a todo el planeta. Conocemos como nunca a la Naturaleza y vamos camino de mejorarla y optimizar sus recursos para dar de comer a todo el mundo y debemos ser conscientes de que con nuestras deficiencias y errores, de nuestros defectos para mejorarlos pero nunca olvidar nuestras buenas cualidades, que no son pocas y que son deseables para la naturaleza humana puesto que vienen todas, precisamente, del decálogo y de la primera Alianza de Dios con el pueblo hebreo, de donde nace nuestra civilización y de la Nueva Alianza. ReferenciasBibliografía citadaBerdiaeff, N.: El cristianismo y el problema del comunismo. Austral. Madrid 1935. Brundtland, G.H.: Nuestro futuro común. Comisión mundial del medio ambiente y del desarrollo. Alianza Editorial. Madrid 1988, pág. 29. Ferreira, M.: "¿Mito o razón? Una bifurcación histórico cuya unidad resurge en la ciencia contemporánea" en Nómadas, 10-2004/2, Universidad Complutense de Madrid). Ferry, L.: El Nuevo Orden Ecológico. Tusquets, Barcelona 1994 Jardim, J.: “Guerra química y biológica”, en Revista Transformaciones, Buenos Aires – Argentina (1970) Nietzsche, F.: Obras inmortales. Edicomunicación, Barcelona 1985 VV.AA. Catecismo de la Iglesia Católica § 2.056 Páginas Web Consultadas:Fundación Manitou Movimiento de Sanación Social http://www.healingsociety.org/ Proceso Carta de la Tierra http://www.cartadelatierra.org/ http://www.earthcharterinaction.org/ Organización de Naciones Unidas http://secint24.un.org/spanish/ Carta de la Tierra, Preámbulo. Y no la ética, como dice el texto. La moral es la costumbre, que se funda en esa visión compartida que nos une y nos conforma como cultura primero y como civilización después. La ética es parte de la filosofía que estudia las morales particulares en busca de la adecuación de éstas con la naturaleza humana; es decir, en busca de la verdad de los juicios éticos, que son verdaderos o falsos independiente de la cultura en la que se den. El panteísmo es la teoría que pretende que la Tierra sea una diosa. Antes de Copérnico (1543) la Tierra era el todo y el resto de los planetas y estrellas no eran más que luces de éter, que estaban como claveteadas en una bóveda de cristal etéreo. Después de Newton (1727) la Tierra es un planeta más. Las estrellas son soles y el Sol uno entre millones. El panteísmo hoy cuaja entre aquellos que no han podido acceder a los libros. Al igual que el marxismo primitivo quería poner de relieve las contradicciones del sistema y avanzar en la educación de los obreros para la revolución. Lo que es un logro Occidental es el invento de la legislación universal. Todos los seres humanos tienen los mismos derechos y tienen dignidad por sí mismos, aunque no hubiese occidentales para reconocerlos. En física cuántica ocurre algo parecido y fue Heisenberg quien describió que no podemos medir con exactitud la posición y el momento de las partículas subatómicas porque para medirlos tenemos que “iluminar” de algún modo aquello que queremos medir y al “iluminar” modificamos el estado de las cosas que queremos medir. Con mejores palabras: “La indeterminación heisenbergiana es el resultado de una imposibilidad metodológica que obedece a la naturaleza ondulatorio-corpuscular del objeto medido. Los instrumentos de medición de las partículas microfísicas participan de la misma estructura constitutiva de éstas, los objetos que están destinados a medir: "bombardean", por así decir, a dichos objetos por el mero hecho de enfocarlos” (Ferreira, M.: "¿Mito o razón? Una bifurcación histórico cuya unidad resurge en la ciencia contemporánea" en Nómadas, 10-2004/2, Universidad Complutense de Madrid). La solución que va a dar la física cuántica es similar a la que propongo: usamos métodos indirectos y estadísticos de tal manera que podemos deducir qué comportamiento, qué cultura es la más apropiada a la naturaleza humana. Podemos “medir” así la bondad o maldad, de nuestros principios y de los demás por sus efectos. Sé que parece descabellada la idea de que un grupo que cambia sus principios quiera a continuación que todos los niños del mundo cambien de principios, pero aunque sea difícil de creer es así. Carta de la Tierra, Preámbulo. Cfr.Obras inmortales. Edicomunicación, Barcelona 1985, vol. III, p.995. Cfr. L. Ferry: El Nuevo Orden Ecológico. Tusquets, Barcelona 1994 Cfr. N. Berdiaeff: El cristianismo y el problema del comunismo. Austral. Madrid 1935. Se tiraron directamente al mar más de 27 toneladas de mercurio. Más de 3000 personas enfermaron por esta causa La Hooker Chemical Company, descaró durante décadas cerca de 21.000 toneladas residuos peligrosos. El canal se cubrió para construir un colegio. En 1977, descubrieron que la población enfermaba a causa de los gases que se filtraban por el patio: cáncer de piel, abortos, malformaciones, etc. “Se produjo un informe de 700 páginas, presentado ante las Naciones Unidas en octubre de 1952, citando el uso de moscas, piojos, mosquitos, roedores, conejos y otros animales pequeños infectados con gérmenes de cólera, ántrax, peste bubónica y fiebre amarilla. Los Estados Unidos refutaron los cargos y las Naciones Unidas nunca se pronunciaron” J. Jardim: “Guerra química y biológica”, en Revista Transformaciones, Buenos Aires – Argentina (1970) “Un fantasma recorre Europa...” así comenzaba el Manifiesto Comunista de Marx y Engels Nuestro futuro común. Comisión mundial del medio ambiente y del desarrollo. Alianza Editorial. Madrid 1988, pág. 29. No por casualidad Gro Harlem Brundland, autora de Nuestro futuro común era Vicepresidenta de la Internacional Socialista; no por casualidad Gorvachov pasa de Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética. Y podría serlo si se respetase siempre el principio de subsidiaridad, de manera que se respete la soberanía de cada persona, familia, o nación a la hora de actuar. Siempre que el gobierno del Mundo no se imponga sobre los gobiernos locales. Manitou Foundation has provided land grants and some financial support in Crestone/Baca, Colorado, to qualified religious and spiritual projects, ecological and environmental sustainability projects, and related educational endeavors (youth and adult), since 1988. http://www.manitou.org/ En línea. Consulta de 20 de enero de 2008. Ídem. “Sacred connection to the Heart”. http://www.healingsociety.org/ Texto presentado para su discusión por Maurice Strong en la Conferencia de la Humanidad, en 1991. (Traducción propia). En dicho congreso se inventó la palabra Human Herth (Humano-tierra) que venía a ser un activista ecológico. |